El caso de stephen Glass es el ejemplo que pone de manifiesto la pérdida de la esencia del periodismo, en donde debe primar la lealtad al ciudadano y la búsqueda de la verdad como principales objetivos. Este periodista pasó por alto toda la ética profesional para alcanzar sus objetivos personales de reconocimiento profesional y social.
Sin lugar a dudas, fue el periodista el que tomó la decisión de escribir artículos basados en hechos imaginarios. No obstante, todo ello nos lleva a preguntarnos en qué medida la organización y estructura empresarial de los medios de comunicación controlan la veracidad de las informaciones.
En Estados Unidos existe la figura del fact-checker (cargo que, curiosamente desempeñó Glass antes de trabajar como redactor), la persona que en la redacción del periódico se encarga de verificar que la información recopilada por los periodistas sea veraz y contrastada. No obstante, este sistema se basa en la premisa fundamental de la confianza en el propio periodista: es decir, si éste está dispuesto a cometer un fraude, lo hará.
Seguramente el factor que hizo en este caso que sus artículos se publicaran sin despertar la incredulidad de los editores fue el hecho de que la única fuente fue el propio periodista, por lo que en la redacción se sobreentendía que la información era verídica. Es decir, se da por sentado que el periodista actúa según unos valores y una ética, respetando los principios deontológicos de la profesión. Así, cuando Glass decía que había estado en persona en el lugar de los hechos y había hablado con los protagonistas de la historia, esto fue prueba suficiente para los editores del New Republic.
Así, en este caso en particular, ha quedado patente la ineficacia del sistema de control basado en una confianza ciega en el periodista como método para saber cuándo una información es verídica. Por otra parte, no sabemos si estos controles son creados para asegurar al ciudadano una información veraz, o para controlar que los periodistas escriban siguiendo la línea ideológica del periódico.
En “El precio de la verdad” pudimos ver reflejada la organización de la redacción de una revista como The New Republic. Un director general nombra a un redactor jefe, quien a su vez controla el trabajo de los redactores y establece la agenda y el reparto de temas en las reuniones diarias. En la película también vemos cómo el director se inmiscuye en las labores del redactor jefe, lo que le acabó costando su puesto de trabajo por defender en determinado momento a los redactores.
Tan sólo nos queda resaltar que hoy en día, a pesar del ritmo vertiginoso de trabajo en la redacción, no hay que descuidar el contraste de la información con más de una fuente, la aportación de documentos fiables. Y mucho menos, inventar informaciones falsas. Ya lo decía Kapuściński, “los cínicos no sirven para este trabajo”.
Por cierto, merece la pena echarle un vistazo a los artículos que Glass produjo antes de que sus métodos de trabajo fueran conocidos en la redacción del New Republic. En ellos podemos fijarnos en cómo se centraba en los detalles, lo que seguramente les daba cierta credibilidad antes los editores:
Hack Heaven (Mayo de 1998)
Don´t you D.A.R.E (marzo de 1997)
Writing on the Wall (marzo de 1997)